05 diciembre, 2018

La correlación de fuerzas.


Cuando compré el libro no me fijé en el subtítulo que traía: Transición. Historia de una política española (1937-2017), Santos Juliá. Ed. Galaxia Gutemberg, B-2017. Pensaba que el libro iba de “La Transición”, en mayúsculas, aquel período comúnmente establecido entre la muerte del Dictador, a finales de 1975, y la victoria de los socialistas en 1982. Pero no, abarca un período muy amplio, ¡80 años!, desde mediada la Guerra Civil hasta casi el día de hoy. El autor y la editorial me proporcionaban garantías, pero no era consciente de la historia a la que me enfrentaba.

Resulta que al poco de iniciada la Guerra Civil, entre españoles, hubo quien en el bando de la República se planteó como resolver el problema del enfrentamiento civil y qué aspectos había de considerar para conseguir una transición hacia la paz: el régimen político; la amnistía; cómo llevarla a término; los tiempos; la mediación posible;… Aquella cuestión, cómo volver a la normalidad violentada por un enfrentamiento cainita, todavía está presente a día de hoy. En los años ochenta del siglo pasado pareció que era un tema superado, pero a comienzos del siglo XXI volvió a resurgir con fuerza. Todavía algunos, en un bando y en el otro, se resisten a enterrar de una vez por todas el conflicto civil que dividió, quizá todavía divide, al país. ¿Todavía hay heridas por cicatrizar después de tantos años? Eso parece, o quizá ocurre que hay personas que se resisten al olvido –y al perdón- o que creen que todavía pueden sacar réditos políticos de ello.

Pero España, y el mundo, ya no son como eran en el primer tercio del siglo XX. Las estructuras sociales, económicas y políticas nacionales e internacionales son completamente distintas. A pesar de que haya quien piense que hace falta cerrarse –enrocarse-, especialmente aquí en Europa, el coste sería muy grande. No es descartable que haya intentos que crezcan y que consigan algún éxito. Sería dramático. Si ya nos vamos a convertir en poca cosa en el mundo del mañana,  nos convertiremos, desmenuzados y nacionalistas, en irrelevantes.

Todo ello nos lleva a pensar en la correlación de fuerzas. En la fuerza que tienen los contendientes en el combate de la historia en cada momento. Entre los que quieren pararla y los que la quieren superar. La transición que explica el libro lo pone de manifiesto. Para el caso catalán, Ruiz-Domènech, lo explica igual en el transcurso de su historia.

La Guerra Civil española se inclina por el bando de los sublevados, de los nacionales, 1939. El fin de la Segunda Guerra Mundial, y la derrota del fascismo, no conlleva retirar al dictador; la nota tripartita de 1946 hunde las esperanzas del exilio republicano.  Los pactos de 1953 con los Estados Unidos y la Santa Sede se inscriben en el contexto de la Guerra Fría entre el capitalismo americano  y el comunismo soviético. La autarquía, soñada por las fuerzas franquistas de primera hora, es arrinconada con el Plan de Estabilización de 1959. Los años sesenta ven la transformación de la estructura económica española. Franco, en 1975, muere en la cama.

Lo que quedó de los gubernamentales de la Guerra Civil, la decantación de desafectos, desilusionados o reconvertidos del Régimen franquista, los viejos monárquicos despechados, las nuevas generaciones ilustradas estudiantiles hijas de los vencedores, la regeneración del movimiento obrero dentro de las nuevas condiciones sociales (sin la presencia de los anarcosindicalistas desaparecidos de escena, no lo olvidemos), no consiguen construir –a pesar de los continuos intentos que se traman dentro y fuera del territorio nacional- una alternativa al Estado franquista. El contexto de la Guerra Fría es un dogal durante muchos años en las alianzas, en las posibilidades de avanzar, de invertir la correlación de fuerzas. Por mucho que se niegue, hay más fuerza en un lado del pulso: en el Régimen franquista.

En este panorama, a la muerte del Dictador –hay que repetirlo, en la cama- aparece Suárez y emprende la Reforma. Nadie le hace caso, o pocos lo toman en serio, no lo creen capaz. Los años 75, 76 y 77 son de ebullición de intentos rupturistas democráticos. Pero Suárez gana el referéndum de la Reforma Política, previo harakiri de los procuradores franquistas, y luego, gana también las primeras elecciones democráticas. La correlación de fuerzas no está a favor de la ruptura, se impone la reforma. Y, todo el mundo, todos, entran en el juego abandonando, o adaptando, ¡qué remedio!, viejas proclamas y viejos deseos con renuncias destacadas pero que al final resultaron provechosas. Al cesto del olvido todos los intentos elaborados desde 1937 para conseguir una transición dirigida o pactada por los que no han tenido fuerza para imponerla. Todos a discurrir por la transición que imponen los restos del Régimen franquista, no se puede hacer nada más. La Pasionaria y Rafael Alberti entrando del brazo en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

De ahí la Ley de Amnistía (tanto para falangistas como para comunistas, las dos bestias negras de los años treinta y de la Guerra Civil); de ahí la Constitución del 78 –de la que celebramos sus 40 años- (avanzada y que ha posibilitado superar otros viejos demonios de nuestra convivencia); de ahí la reconstrucción democrática el país reconocida internacionalmente; de ahí el más largo período de crecimiento económico y social que ha tenido el país; de ahí la superación de los intentos extremistas de dinamitarlo todo (el terrorismo de ETA y los Grapo como ejemplos); de ahí la alternancia política y la integración en el espacio de la convivencia europea.

40 años después, de una derrota entonces –otra derrota- y de una victoria luego –memorable- para el conjunto del país, sería deseable dejar de mirar hacia atrás y considerar superada la primera mitad del siglo XX. Dejar  para los historiadores y académicos su análisis y explicación. Mirar hacia adelante, hacia el nuevo mundo que se está configurando en el que no tendremos gran papel excepto el de mostrar nuestro modelo –el modelo europeo- que es el mejor en términos de libertad, igualdad y fraternidad. Con todas las carencias que se quieran destacar en estos tres conceptos, pero que es innegablemente superior a cualquier otro modelo que se quiera comparar con él.

Pero no estamos satisfechos. Algunos miran hacia atrás y denuncian las renuncias que se hicieron –y que todavía se hacen- para rendir justicia al pasado y las carencias que todavía existen en el presente. Otros miran hacia adelante y temerosos de lo que viene –en lugar de asumir sus potencialidades- se afanan en defenderse dentro de la torre que no es de marfil sino de ladrillo. Ambos extremos contra la transición. Sí, no La Transición, sino la transición de los últimos ochenta años de nuestra historia, desde el enfrentamiento armado con un millón de muertos y unas consecuencias escalofriantes para una gran parte de la población durante muchos años de postguerra hasta el posible debate civilizado democrático de nuestros días. ¿Civilizado?, no es exactamente lo que vemos cada día a través de los medios.

Otra vez en juego la correlación de fuerzas. ¿Hay fuerza para invertir la situación? ¿Hay fuerza para mantenerla o retrotraerla? La tensión vuelve a la sociedad y a las calles. No hay explicaciones convincentes para amplias capas de la población que están al albur de la complejidad de las situaciones del mundo de hoy y que creen, son creyentes, en propuestas que se presentan como posibles y redentoras. La configuración del Estado; su encabezamiento formal; las limitadas –o constreñidas- alternativas disponibles con los recursos existentes –a pesar de su innegable volumen-; las posibilidades existentes de progreso si se consiguen construir consensos elementales.

Pues así estamos, volviéndonos a pelear a unos niveles cada vez más deplorables. Los contextos internacionales no ayudan. El exacerbado egoísmo de los poderosos –y misteriosos- mercados todavía menos. La rapidez e inmediatez de la información –y de la desinformación- enerva a la ciudadanía. Volvemos a estar encima de un volcán como hace cien años, también a pesar de la prosperidad general.

La superación de la guerras globales, calientes o frías; la construcción de estructuras que han enterrado antagonismos históricos; la desaparición de alternativas globales; la asunción de nuevos retos medioambientales a los que enfrentarse; el avance vertiginoso de nuevos conocimientos extendidos por todo el mundo… ¿son, quizá, sólo una etapa brillante de nuestra historia destinada a concluir?

5 de diciembre.

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